Los fines de semana son de encerrona. Apenas salgo de la oficina el viernes en la tarde, donde desde el lunes por la mañana no hago otra cosa que buscar actas de nacimiento y encontrarlas, me precipito al videoclub de costumbre y me llevo a mi casa unas siete u ocho películas, las cuales reparto justamente entre el cachito que me queda del viernes, el sábado y el domingo. Las cintas que escojo son de muy diversos géneros, que van desde el erotismo barato, la acción, pasando por la comedia romántica, el drama, hasta las producciones exigentes y alternativas. Bien abastecido de papas fritas, refrescos, dulces, sándwiches, me enfrento una a una a las cintas y me divierto o excito o conmuevo o aburro. Trato de que no me pase esto último. Se trata de pasar buenos momentos conmigo, de darme tiempo para mí. Antes, discriminaba las películas cuyos realizadores, solía decir, “no tienen cerebro”. He comprendido de las cintas a estas alturas que, como dijo alguien de los libros, no hay ninguna tan mala que no tenga algo bueno.
Yo lo que les pido es que me metan en su mundo, sea éste vulgar o sensiblero o inverosímil o conmovedor o complejo; que logren comunicarme la experiencia de haber estado, sin haber estado en realidad, en un mundo distinto del mío. Me gusta sentirme puta vulgar y cafiche, garañón, señora infiel, maestro de las artes marciales, galán rompecorazones, doncella enamorada, petimetre, jovencita petulante e ilustrada y todos a la vez.
Detesto que interrumpan mis sesiones de cine. Lo que es el fin de semana, yo no abro la puerta de mi casa, así se caiga el mundo. Que es la señora que cobra la renta, que es la vecinita que se quedó sin cerillos, que es el conserje del edificio que quiere charla, que es un compañero que, despistado, viene a pedirme consejo a deshoras: la puerta no se abre los fines de semana. Una vez un compañero me bajó los interruptores de luz, sabiendo que estaba en casa, ante lo cual mi deber era salir y decirle, muy airado, que quién se estaba creyendo para venir a mi casa a hacer sus desmanes, ¿que no le abría?, ¿y qué?, ¿era obligación hacerlo, no era yo libre de decidir si quería verlo o no? Le iba a pedir que se abstuviera de hacerlo, que no volviera más por acá; en vez, me dio tanta pena delatarme que me quedé agazapado en mi cuarto, cubierto por entero con sábanas, pues de ese modo siento que no sabrán que estoy dentro, hasta que se marchó y pasaron unos 50 minutos, transcurridos los cuales pude salir con sigilo, encender el interruptor y continuar con mi sesión de cine, tan ingratamente interrumpida. A partir del lunes siguiente, el compañero dejó de dirigirme la palabra. Si me hubiera preguntado, habría negado que estaba en casa, ¿cómo creía que no iba a abrirle?
Este fin de semana no fue un compañero quien tocó la puerta, ni el conserje, ni la señora de la renta, ni un vecino molesto: fue Blanca. Justo Blanca, la muchacha bonita, calladísima, de la que me enamoré hace dos años y de la que dejé de estar enamorado hace uno más o menos, cuando me di cuenta de que no me atrevería a hablarle. Los demás, López, Millajes, González, pueden hablarle con toda naturalidad y comentar entre ellos que tiene buena pierna, que tiene buena chichi, debería enseñarla más, y yo, en vez de romperles la cara, como se merecen, los escucho sin abrir la boca, e incluso una vez que pidieron mi aprobación dije que sí, sí tenía buena chichi, y me alejé de ahí por miedo a que me siguieran preguntando.
La vi por el ojo mágico, adonde llegué de puntillas. Tocaba la puerta con su mano delicada, delgada y seguramente suave al contacto de la piel de alguien. ¿Blanca tocando la puerta de mi casa? ¿Qué querría? ¿Sería algo relacionado con el trabajo? Traía puestas una blusa ligeramente escotada y una falda corta, no una minifalda pero sí muchos centímetros arriba de la rodilla; su cabello negro, recogido con un broche de mariposa, el rostro ligeramente pintado: se veía preciosa. Traía una cajita en las manos; temblaba un poco. La estaba observando por el ojo, embobado, cuando dejé caer el control de la tele, que traía en las manos. Al escuchar el significativo ruido, Blanca preguntó, del otro de la puerta, que si estaba ahí. Tuve que responder, y el corazón me corría como loco al hacerlo, que sí, Blanca, que buenos días, que sí estaba, pero no encontraba las llaves. Aaaaaah, se escuchó del otro lado de la puerta: no te preocupes, te espero. Me asomé por el ojo: se veía aún más turbada, le temblaban visiblemente las manos. Estaba tan bonita que me dolía en algún lado; me dolía no tenerla para mí, no haber sido capaz, en estos dos años, de cruzar una puta palabra con ella; me dolía estar solo y no tenerla, y que ella estuviera esperando que le abriera la puerta y no tener los huevos de abrirle, de decirle buenos días, Blanca, siéntate, ¿quieres café?, ¿cómo te ha ido?, me da mucho gusto de que vengas a visitarme, ¿quieres ver la tele?, estaba viendo una película cómica, mejor ponemos otra, ¿te gustan los dramas?, a mí sí, mucho, ¿te está gustando?, ¿por qué me miras de ese modo?, ¿puedo darte un beso?, ¿puedo tocarte?, ¿que no te pregunte? ¡Ah, Blanca, Blanquita!
Hice ruido para hacerle saber que buscaba las llaves, mientras decidía qué hacer. Al fin, le dije que me daba mucha pena, Blanca, pero no sabía dónde habían quedado las llaves, no las encontraba. ¿Quería que llamara a un cerrajero? No, Blanca, que no se preocupara, seguro aparecerían más tarde, o mañana. Qué pena que no hubiera podido abrirle, para otra ocasión sería. Que no me preocupara, dijo Blanca del otro lado de una puerta que seguro nunca atravesaría: me dejaría una caja de galletas que había traído para que comiéramos juntos debajo de la puerta, me veía el lunes. En ese momento me dieron ganas de mandar todo al carajo y abrirle y decirle que era mentira, que no se habían perdido tales llaves, que era miedo, el hijoputa más grande del mundo, Blanca. No lo hice.