4 comentarios domingo 1 de noviembre de 2009

Me indigno cuando se le pide a la literatura que promueva valores positivos, en vez de un buceo profundo en la condición del ser. No porque lea American Psycho me convertiré en asesino; si leo Lolita tampoco me convierto necesariamente en pedófilo, ha dicho alguien. Sin embargo, Saramago se permite criticar los posibles efectos perniciosos de los videojuegos y caricaturas violentos en los niños. ¿Eso sí se vale? ¿A la literatura que no nos la toquen, pero a los videojuegos y dibujos animados hay que darles con todo? Dama Oscura, una de las protagonistas de la nueva novela de Eve Gil, no estaría de acuerdo con Saramago.

0 comentarios sábado 31 de octubre de 2009

Al morir mis padres en un accidente, me quedé solo en la vieja casona. No tenía pariente alguno. Un abogado me pagaba las cuentas y alimentaba. En las noches me daba miedo la casa tan grande y tan fría. Mi cuarto no era refugio seguro contra los fantasmas. Me guarecía en el viejo sillón de mi madre. Me acurrucaba en él, la cabeza recargada en su amplio respaldo, y ya no despertaba en toda la noche. Me imaginaba que el sillón era mi madre rediviva que velaba por mí desde el otro mundo. Hasta que, una noche común, los brazos del sillón se cerraron sobre mí y me fue difícil zafarme de esa emboscada rastrera, de ese engaño vil. Lo que vi después no se me va a olvidar en los pocos, poquísimos días que me quedan de vida.

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Los fines de semana son de encerrona. Apenas salgo de la oficina el viernes en la tarde, donde desde el lunes por la mañana no hago otra cosa que buscar actas de nacimiento y encontrarlas, me precipito al videoclub de costumbre y me llevo a mi casa unas siete u ocho películas, las cuales reparto justamente entre el cachito que me queda del viernes, el sábado y el domingo. Las cintas que escojo son de muy diversos géneros, que van desde el erotismo barato, la acción, pasando por la comedia romántica, el drama, hasta las producciones exigentes y alternativas. Bien abastecido de papas fritas, refrescos, dulces, sándwiches, me enfrento una a una a las cintas y me divierto o excito o conmuevo o aburro. Trato de que no me pase esto último. Se trata de pasar buenos momentos conmigo, de darme tiempo para mí. Antes, discriminaba las películas cuyos realizadores, solía decir, “no tienen cerebro”. He comprendido de las cintas a estas alturas que, como dijo alguien de los libros, no hay ninguna tan mala que no tenga algo bueno.
Yo lo que les pido es que me metan en su mundo, sea éste vulgar o sensiblero o inverosímil o conmovedor o complejo; que logren comunicarme la experiencia de haber estado, sin haber estado en realidad, en un mundo distinto del mío. Me gusta sentirme puta vulgar y cafiche, garañón, señora infiel, maestro de las artes marciales, galán rompecorazones, doncella enamorada, petimetre, jovencita petulante e ilustrada y todos a la vez.
Detesto que interrumpan mis sesiones de cine. Lo que es el fin de semana, yo no abro la puerta de mi casa, así se caiga el mundo. Que es la señora que cobra la renta, que es la vecinita que se quedó sin cerillos, que es el conserje del edificio que quiere charla, que es un compañero que, despistado, viene a pedirme consejo a deshoras: la puerta no se abre los fines de semana. Una vez un compañero me bajó los interruptores de luz, sabiendo que estaba en casa, ante lo cual mi deber era salir y decirle, muy airado, que quién se estaba creyendo para venir a mi casa a hacer sus desmanes, ¿que no le abría?, ¿y qué?, ¿era obligación hacerlo, no era yo libre de decidir si quería verlo o no? Le iba a pedir que se abstuviera de hacerlo, que no volviera más por acá; en vez, me dio tanta pena delatarme que me quedé agazapado en mi cuarto, cubierto por entero con sábanas, pues de ese modo siento que no sabrán que estoy dentro, hasta que se marchó y pasaron unos 50 minutos, transcurridos los cuales pude salir con sigilo, encender el interruptor y continuar con mi sesión de cine, tan ingratamente interrumpida. A partir del lunes siguiente, el compañero dejó de dirigirme la palabra. Si me hubiera preguntado, habría negado que estaba en casa, ¿cómo creía que no iba a abrirle?
Este fin de semana no fue un compañero quien tocó la puerta, ni el conserje, ni la señora de la renta, ni un vecino molesto: fue Blanca. Justo Blanca, la muchacha bonita, calladísima, de la que me enamoré hace dos años y de la que dejé de estar enamorado hace uno más o menos, cuando me di cuenta de que no me atrevería a hablarle. Los demás, López, Millajes, González, pueden hablarle con toda naturalidad y comentar entre ellos que tiene buena pierna, que tiene buena chichi, debería enseñarla más, y yo, en vez de romperles la cara, como se merecen, los escucho sin abrir la boca, e incluso una vez que pidieron mi aprobación dije que sí, sí tenía buena chichi, y me alejé de ahí por miedo a que me siguieran preguntando.
La vi por el ojo mágico, adonde llegué de puntillas. Tocaba la puerta con su mano delicada, delgada y seguramente suave al contacto de la piel de alguien. ¿Blanca tocando la puerta de mi casa? ¿Qué querría? ¿Sería algo relacionado con el trabajo? Traía puestas una blusa ligeramente escotada y una falda corta, no una minifalda pero sí muchos centímetros arriba de la rodilla; su cabello negro, recogido con un broche de mariposa, el rostro ligeramente pintado: se veía preciosa. Traía una cajita en las manos; temblaba un poco. La estaba observando por el ojo, embobado, cuando dejé caer el control de la tele, que traía en las manos. Al escuchar el significativo ruido, Blanca preguntó, del otro de la puerta, que si estaba ahí. Tuve que responder, y el corazón me corría como loco al hacerlo, que sí, Blanca, que buenos días, que sí estaba, pero no encontraba las llaves. Aaaaaah, se escuchó del otro lado de la puerta: no te preocupes, te espero. Me asomé por el ojo: se veía aún más turbada, le temblaban visiblemente las manos. Estaba tan bonita que me dolía en algún lado; me dolía no tenerla para mí, no haber sido capaz, en estos dos años, de cruzar una puta palabra con ella; me dolía estar solo y no tenerla, y que ella estuviera esperando que le abriera la puerta y no tener los huevos de abrirle, de decirle buenos días, Blanca, siéntate, ¿quieres café?, ¿cómo te ha ido?, me da mucho gusto de que vengas a visitarme, ¿quieres ver la tele?, estaba viendo una película cómica, mejor ponemos otra, ¿te gustan los dramas?, a mí sí, mucho, ¿te está gustando?, ¿por qué me miras de ese modo?, ¿puedo darte un beso?, ¿puedo tocarte?, ¿que no te pregunte? ¡Ah, Blanca, Blanquita!
Hice ruido para hacerle saber que buscaba las llaves, mientras decidía qué hacer. Al fin, le dije que me daba mucha pena, Blanca, pero no sabía dónde habían quedado las llaves, no las encontraba. ¿Quería que llamara a un cerrajero? No, Blanca, que no se preocupara, seguro aparecerían más tarde, o mañana. Qué pena que no hubiera podido abrirle, para otra ocasión sería. Que no me preocupara, dijo Blanca del otro lado de una puerta que seguro nunca atravesaría: me dejaría una caja de galletas que había traído para que comiéramos juntos debajo de la puerta, me veía el lunes. En ese momento me dieron ganas de mandar todo al carajo y abrirle y decirle que era mentira, que no se habían perdido tales llaves, que era miedo, el hijoputa más grande del mundo, Blanca. No lo hice.

1 comentarios viernes 30 de octubre de 2009

-Le caíste muy bien a mi mamá.
Ella a mí también. Amabilísima. Su voz, dulce, de muchacha. Sus manos, suaves al tacto; tersa su mejilla.
-Dice que eres muy guapo y muy educado y muy culto y muy atento y muy todo.
Sobre todo, esos pechos apenas sugeridos, que se adivinan firmes aún. Dios, ¡esas piernas, esas nalgas!
-Yo le digo: no te fíes, las apariencias engañan. Jajaja. Es broma.
¡Ella y yo, Dios! Ella y yo solitos, desnudos. Ella desnudándome sin ninguna prisa, yo a ella. Ella besándome traviesa, lentamente. Empezando por mi cara, por mi boca, bajando por el pecho, llegando hasta el sexo y ahí enredándose.
-Con decirte que dijo, y esto créeme que no lo dice de cualquiera, que le gustas para mi hermana. ¿Cómo la ves?
¡Sí! ¡Las dos! ¡Las dos a la vez! Ella y yo desnudando a la muchacha. Ella y yo repasándola con nuestros labios, con nuestras manos. Ella y yo llevándola al orgasmo por primera vez. Yo besando el sexo de la muchacha y ella el mío. Ella besando el sexo de la muchacha y la muchacha el mío. La muchacha sobre ella y yo penetrando intermitentemente a una y a otra. Yo dejando correr mi semen por la boca de ambas…
-Qué linda tu mamá. A mí también me cayó muy muy bien.

3 comentarios martes 27 de octubre de 2009

A Donaldo su abuelo le pega. Con la mano, con un cinto, con un palo, con lo que esté más cerca. Con razón o sin ella. Así, el abuelo toma cierto desquite contra su vida de mierda. Pero a Donaldo los golpes le duelen menos que los insultos: huérfano infeliz, cara de niña, manos de maricón. Donaldo llora secretamente de pura rabia. Y, para demostrarse a sí mismo que es todo un hombrecito, para sentirse poderoso por un rato y olvidarse de que no tiene padres, se ha vuelto el más encarnizado enemigo de un niño menor que él, Matías. Enano, pata de palo, hijo de una puta callejera, suele decirle mientras le da con los nudillos en la cabeza. Matías se hace el fuerte, intenta defenderse, pretende no salir afectado. Pero, ya en casa, cuando es de noche y su madre no vuelve, la toma contra su pequeña hermana. Pobre de ti que seas también una puta, la amenaza mientras la pega en la cabeza, en el estómago, en las piernas con su pata de palo. El llanto de la niña, Griselda, no lo conmueve. A Griselda, además de los golpes, le duele que Matías hable así de su madre, que se mata trabajando para mantenerlos. Por ello, para sentirse de algún modo vengada, tarde tras tarde espera con ansias que el viejo alcohólico ese (el abuelo de Donaldo) pase tambaleándose a pocas calles de su casa para, ocultándose tras las esquinas, tirarle piedras y gritarle borracho cochino, inútil de mierda.

0 comentarios lunes 26 de octubre de 2009

Les cuento que he abierto un nuevo blog, Libroadicto, donde he organizado mis viejas y nuevas notas y reseñas literarias, de modo que a los lectores interesados les sea más fácil acceder a ellas. Quedan cordialmente invitados a visitar y disentir o aprobar. Ojalá el blog pueda convertirse en un espacio de debate e intercambio de ideas en torno a esos peligrosos objetos de tinta y papel que a tantos nos han sorbido el seso. Allá los veo.

0 comentarios domingo 25 de octubre de 2009