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jueves 3 de diciembre de 2009
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domingo 29 de noviembre de 2009
Les comparto una interesante entrevista a Paulina Aguilar Gutiérrez, autora de El quinto dragón y ganadora con este libro del Primer Premio Nacional de Novela Juvenil FeNaL 2009. Para leer mi reseña de su libro:
http://libroadicto.blogspot.com/2009/11/el-quinto-dragon-paulina-aguilar.html
http://www.revistadeletras.net/el-quinto-dragon-de-paulina-aguilar-gutierrez/
http://libroadicto.blogspot.com/2009/11/el-quinto-dragon-paulina-aguilar.html
http://www.revistadeletras.net/el-quinto-dragon-de-paulina-aguilar-gutierrez/
Etiquetas: el quinto dragón, literatura juvenil, narrativa hispanoamericana, paulina aguilar gutiérrez
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viernes 27 de noviembre de 2009
Si bien fue editada por primera vez en japonés en 1985, la novela El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas de Haruki Murakami acaba de ser publicada en español por la excelente editorial Tusquets. Me gustaba más el título provisional que se dio a conocer hace unos meses, El fin del mundo y un cruel país de las maravillas, ya que las palabras "despiadado" y "país" tan próximas me parece que crean una indeseable cacofonía. Pero en fin. Como dicen por ahí: no se puede tener todo en la vida.Aún no sobrepaso las primeras 100 páginas de casi 500. Puedo adelantar que estoy enganchado y sorprendido. Sin duda, Murakami es el novelista de lo extraño, de lo perturbador por inexplicable, pero que a la vez sentimos tan próximo, quizá por provenir del vecino país de los sueños. ¿Cómo no sorprenderse ante una cascada que se abre paso en medio de un armario que es en realidad un largo túnel, incrustrado a su vez en algún cuarto de un ultramoderno y enorme edificio? ¿Cómo quedar indiferente ante la capacidad de uno de los personajes de interrumpir el sonido de seres animados e inanimados? ¿Cómo no crearse expectativas ante la amenaza de los tinieblos?
Debo confesar que mi relación de lector con Murakami no fue amor a primera vista. Si bien la primera novela que le leí, Norwegian wood, me entusiasmó en general, el final me decepcionó, pues lo encontraba ininteligible. Debo confesar también que, hasta hoy, no entiendo a cabalidad novelas suyas como Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Kafka en la orilla o La caza del carnero salvaje.
Hoy admito que el error era mío y no de Murakami. ¿Por qué ese prurito de querer entender a cabalidad? Muy revelador en este sentido me resultó un diálogo entre dos personajes de Kafka en la orilla: uno le cuenta a otro, hablando de cierto autor japonés, que sus libros no son interpretables al cien por ciento, pero que dejan en el lector un desasosiego y ciertas interrogantes que los vuelven dignos de tenerse en cuenta. (Estoy parafraseando.) Justamente eso ocurre con los libros de Murakami.
Además, sus narraciones no son del todo incomprensibles a condición de no querer captar el sentido de cada detalle: hay personajes, hay objetos, hay apuntes que no tienen otro fin que perturbar al lector o introducirlo en ese ámbito extraño para que otras revelaciones resulten más efectivas. (Pienso en la abrumadora soledad de los personajes de After Dark.)
Sigo con Murakami y espero tener la reseña para muy pronto. Ah, y que se apure la diligente Lourdes Porta con la traducción de 1Q84, la novela más reciente del japonés.
Etiquetas: 1Q84, el fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, haruki murakami, lourdes porta, narrativa japonesa, novela, tusquets
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domingo 1 de noviembre de 2009
Me indigno cuando se le pide a la literatura que promueva valores positivos, en vez de un buceo profundo en la condición del ser. No porque lea American Psycho me convertiré en asesino; si leo Lolita tampoco me convierto necesariamente en pedófilo, ha dicho alguien. Sin embargo, Saramago se permite criticar los posibles efectos perniciosos de los videojuegos y caricaturas violentos en los niños. ¿Eso sí se vale? ¿A la literatura que no nos la toquen, pero a los videojuegos y dibujos animados hay que darles con todo? Dama Oscura, una de las protagonistas de la nueva novela de Eve Gil, no estaría de acuerdo con Saramago.
Etiquetas: caricaturas, eve gil, josé saramago, literatura, sho-shan y la dama oscura, videojuegos
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sábado 31 de octubre de 2009
Al morir mis padres en un accidente, me quedé solo en la vieja casona. No tenía pariente alguno. Un abogado me pagaba las cuentas y alimentaba. En las noches me daba miedo la casa tan grande y tan fría. Mi cuarto no era refugio seguro contra los fantasmas. Me guarecía en el viejo sillón de mi madre. Me acurrucaba en él, la cabeza recargada en su amplio respaldo, y ya no despertaba en toda la noche. Me imaginaba que el sillón era mi madre rediviva que velaba por mí desde el otro mundo. Hasta que, una noche común, los brazos del sillón se cerraron sobre mí y me fue difícil zafarme de esa emboscada rastrera, de ese engaño vil. Lo que vi después no se me va a olvidar en los pocos, poquísimos días que me quedan de vida.
Etiquetas: cuento, disfraz, javier munguía
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Los fines de semana son de encerrona. Apenas salgo de la oficina el viernes en la tarde, donde desde el lunes por la mañana no hago otra cosa que buscar actas de nacimiento y encontrarlas, me precipito al videoclub de costumbre y me llevo a mi casa unas siete u ocho películas, las cuales reparto justamente entre el cachito que me queda del viernes, el sábado y el domingo. Las cintas que escojo son de muy diversos géneros, que van desde el erotismo barato, la acción, pasando por la comedia romántica, el drama, hasta las producciones exigentes y alternativas. Bien abastecido de papas fritas, refrescos, dulces, sándwiches, me enfrento una a una a las cintas y me divierto o excito o conmuevo o aburro. Trato de que no me pase esto último. Se trata de pasar buenos momentos conmigo, de darme tiempo para mí. Antes, discriminaba las películas cuyos realizadores, solía decir, “no tienen cerebro”. He comprendido de las cintas a estas alturas que, como dijo alguien de los libros, no hay ninguna tan mala que no tenga algo bueno.
Yo lo que les pido es que me metan en su mundo, sea éste vulgar o sensiblero o inverosímil o conmovedor o complejo; que logren comunicarme la experiencia de haber estado, sin haber estado en realidad, en un mundo distinto del mío. Me gusta sentirme puta vulgar y cafiche, garañón, señora infiel, maestro de las artes marciales, galán rompecorazones, doncella enamorada, petimetre, jovencita petulante e ilustrada y todos a la vez.
Detesto que interrumpan mis sesiones de cine. Lo que es el fin de semana, yo no abro la puerta de mi casa, así se caiga el mundo. Que es la señora que cobra la renta, que es la vecinita que se quedó sin cerillos, que es el conserje del edificio que quiere charla, que es un compañero que, despistado, viene a pedirme consejo a deshoras: la puerta no se abre los fines de semana. Una vez un compañero me bajó los interruptores de luz, sabiendo que estaba en casa, ante lo cual mi deber era salir y decirle, muy airado, que quién se estaba creyendo para venir a mi casa a hacer sus desmanes, ¿que no le abría?, ¿y qué?, ¿era obligación hacerlo, no era yo libre de decidir si quería verlo o no? Le iba a pedir que se abstuviera de hacerlo, que no volviera más por acá; en vez, me dio tanta pena delatarme que me quedé agazapado en mi cuarto, cubierto por entero con sábanas, pues de ese modo siento que no sabrán que estoy dentro, hasta que se marchó y pasaron unos 50 minutos, transcurridos los cuales pude salir con sigilo, encender el interruptor y continuar con mi sesión de cine, tan ingratamente interrumpida. A partir del lunes siguiente, el compañero dejó de dirigirme la palabra. Si me hubiera preguntado, habría negado que estaba en casa, ¿cómo creía que no iba a abrirle?
Este fin de semana no fue un compañero quien tocó la puerta, ni el conserje, ni la señora de la renta, ni un vecino molesto: fue Blanca. Justo Blanca, la muchacha bonita, calladísima, de la que me enamoré hace dos años y de la que dejé de estar enamorado hace uno más o menos, cuando me di cuenta de que no me atrevería a hablarle. Los demás, López, Millajes, González, pueden hablarle con toda naturalidad y comentar entre ellos que tiene buena pierna, que tiene buena chichi, debería enseñarla más, y yo, en vez de romperles la cara, como se merecen, los escucho sin abrir la boca, e incluso una vez que pidieron mi aprobación dije que sí, sí tenía buena chichi, y me alejé de ahí por miedo a que me siguieran preguntando.
La vi por el ojo mágico, adonde llegué de puntillas. Tocaba la puerta con su mano delicada, delgada y seguramente suave al contacto de la piel de alguien. ¿Blanca tocando la puerta de mi casa? ¿Qué querría? ¿Sería algo relacionado con el trabajo? Traía puestas una blusa ligeramente escotada y una falda corta, no una minifalda pero sí muchos centímetros arriba de la rodilla; su cabello negro, recogido con un broche de mariposa, el rostro ligeramente pintado: se veía preciosa. Traía una cajita en las manos; temblaba un poco. La estaba observando por el ojo, embobado, cuando dejé caer el control de la tele, que traía en las manos. Al escuchar el significativo ruido, Blanca preguntó, del otro de la puerta, que si estaba ahí. Tuve que responder, y el corazón me corría como loco al hacerlo, que sí, Blanca, que buenos días, que sí estaba, pero no encontraba las llaves. Aaaaaah, se escuchó del otro lado de la puerta: no te preocupes, te espero. Me asomé por el ojo: se veía aún más turbada, le temblaban visiblemente las manos. Estaba tan bonita que me dolía en algún lado; me dolía no tenerla para mí, no haber sido capaz, en estos dos años, de cruzar una puta palabra con ella; me dolía estar solo y no tenerla, y que ella estuviera esperando que le abriera la puerta y no tener los huevos de abrirle, de decirle buenos días, Blanca, siéntate, ¿quieres café?, ¿cómo te ha ido?, me da mucho gusto de que vengas a visitarme, ¿quieres ver la tele?, estaba viendo una película cómica, mejor ponemos otra, ¿te gustan los dramas?, a mí sí, mucho, ¿te está gustando?, ¿por qué me miras de ese modo?, ¿puedo darte un beso?, ¿puedo tocarte?, ¿que no te pregunte? ¡Ah, Blanca, Blanquita!
Hice ruido para hacerle saber que buscaba las llaves, mientras decidía qué hacer. Al fin, le dije que me daba mucha pena, Blanca, pero no sabía dónde habían quedado las llaves, no las encontraba. ¿Quería que llamara a un cerrajero? No, Blanca, que no se preocupara, seguro aparecerían más tarde, o mañana. Qué pena que no hubiera podido abrirle, para otra ocasión sería. Que no me preocupara, dijo Blanca del otro lado de una puerta que seguro nunca atravesaría: me dejaría una caja de galletas que había traído para que comiéramos juntos debajo de la puerta, me veía el lunes. En ese momento me dieron ganas de mandar todo al carajo y abrirle y decirle que era mentira, que no se habían perdido tales llaves, que era miedo, el hijoputa más grande del mundo, Blanca. No lo hice.
Yo lo que les pido es que me metan en su mundo, sea éste vulgar o sensiblero o inverosímil o conmovedor o complejo; que logren comunicarme la experiencia de haber estado, sin haber estado en realidad, en un mundo distinto del mío. Me gusta sentirme puta vulgar y cafiche, garañón, señora infiel, maestro de las artes marciales, galán rompecorazones, doncella enamorada, petimetre, jovencita petulante e ilustrada y todos a la vez.
Detesto que interrumpan mis sesiones de cine. Lo que es el fin de semana, yo no abro la puerta de mi casa, así se caiga el mundo. Que es la señora que cobra la renta, que es la vecinita que se quedó sin cerillos, que es el conserje del edificio que quiere charla, que es un compañero que, despistado, viene a pedirme consejo a deshoras: la puerta no se abre los fines de semana. Una vez un compañero me bajó los interruptores de luz, sabiendo que estaba en casa, ante lo cual mi deber era salir y decirle, muy airado, que quién se estaba creyendo para venir a mi casa a hacer sus desmanes, ¿que no le abría?, ¿y qué?, ¿era obligación hacerlo, no era yo libre de decidir si quería verlo o no? Le iba a pedir que se abstuviera de hacerlo, que no volviera más por acá; en vez, me dio tanta pena delatarme que me quedé agazapado en mi cuarto, cubierto por entero con sábanas, pues de ese modo siento que no sabrán que estoy dentro, hasta que se marchó y pasaron unos 50 minutos, transcurridos los cuales pude salir con sigilo, encender el interruptor y continuar con mi sesión de cine, tan ingratamente interrumpida. A partir del lunes siguiente, el compañero dejó de dirigirme la palabra. Si me hubiera preguntado, habría negado que estaba en casa, ¿cómo creía que no iba a abrirle?
Este fin de semana no fue un compañero quien tocó la puerta, ni el conserje, ni la señora de la renta, ni un vecino molesto: fue Blanca. Justo Blanca, la muchacha bonita, calladísima, de la que me enamoré hace dos años y de la que dejé de estar enamorado hace uno más o menos, cuando me di cuenta de que no me atrevería a hablarle. Los demás, López, Millajes, González, pueden hablarle con toda naturalidad y comentar entre ellos que tiene buena pierna, que tiene buena chichi, debería enseñarla más, y yo, en vez de romperles la cara, como se merecen, los escucho sin abrir la boca, e incluso una vez que pidieron mi aprobación dije que sí, sí tenía buena chichi, y me alejé de ahí por miedo a que me siguieran preguntando.
La vi por el ojo mágico, adonde llegué de puntillas. Tocaba la puerta con su mano delicada, delgada y seguramente suave al contacto de la piel de alguien. ¿Blanca tocando la puerta de mi casa? ¿Qué querría? ¿Sería algo relacionado con el trabajo? Traía puestas una blusa ligeramente escotada y una falda corta, no una minifalda pero sí muchos centímetros arriba de la rodilla; su cabello negro, recogido con un broche de mariposa, el rostro ligeramente pintado: se veía preciosa. Traía una cajita en las manos; temblaba un poco. La estaba observando por el ojo, embobado, cuando dejé caer el control de la tele, que traía en las manos. Al escuchar el significativo ruido, Blanca preguntó, del otro de la puerta, que si estaba ahí. Tuve que responder, y el corazón me corría como loco al hacerlo, que sí, Blanca, que buenos días, que sí estaba, pero no encontraba las llaves. Aaaaaah, se escuchó del otro lado de la puerta: no te preocupes, te espero. Me asomé por el ojo: se veía aún más turbada, le temblaban visiblemente las manos. Estaba tan bonita que me dolía en algún lado; me dolía no tenerla para mí, no haber sido capaz, en estos dos años, de cruzar una puta palabra con ella; me dolía estar solo y no tenerla, y que ella estuviera esperando que le abriera la puerta y no tener los huevos de abrirle, de decirle buenos días, Blanca, siéntate, ¿quieres café?, ¿cómo te ha ido?, me da mucho gusto de que vengas a visitarme, ¿quieres ver la tele?, estaba viendo una película cómica, mejor ponemos otra, ¿te gustan los dramas?, a mí sí, mucho, ¿te está gustando?, ¿por qué me miras de ese modo?, ¿puedo darte un beso?, ¿puedo tocarte?, ¿que no te pregunte? ¡Ah, Blanca, Blanquita!
Hice ruido para hacerle saber que buscaba las llaves, mientras decidía qué hacer. Al fin, le dije que me daba mucha pena, Blanca, pero no sabía dónde habían quedado las llaves, no las encontraba. ¿Quería que llamara a un cerrajero? No, Blanca, que no se preocupara, seguro aparecerían más tarde, o mañana. Qué pena que no hubiera podido abrirle, para otra ocasión sería. Que no me preocupara, dijo Blanca del otro lado de una puerta que seguro nunca atravesaría: me dejaría una caja de galletas que había traído para que comiéramos juntos debajo de la puerta, me veía el lunes. En ese momento me dieron ganas de mandar todo al carajo y abrirle y decirle que era mentira, que no se habían perdido tales llaves, que era miedo, el hijoputa más grande del mundo, Blanca. No lo hice.
Etiquetas: cuento, fin de semana, javier munguía
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viernes 30 de octubre de 2009
-Le caíste muy bien a mi mamá.
Ella a mí también. Amabilísima. Su voz, dulce, de muchacha. Sus manos, suaves al tacto; tersa su mejilla.
-Dice que eres muy guapo y muy educado y muy culto y muy atento y muy todo.
Sobre todo, esos pechos apenas sugeridos, que se adivinan firmes aún. Dios, ¡esas piernas, esas nalgas!
-Yo le digo: no te fíes, las apariencias engañan. Jajaja. Es broma.
¡Ella y yo, Dios! Ella y yo solitos, desnudos. Ella desnudándome sin ninguna prisa, yo a ella. Ella besándome traviesa, lentamente. Empezando por mi cara, por mi boca, bajando por el pecho, llegando hasta el sexo y ahí enredándose.
-Con decirte que dijo, y esto créeme que no lo dice de cualquiera, que le gustas para mi hermana. ¿Cómo la ves?
¡Sí! ¡Las dos! ¡Las dos a la vez! Ella y yo desnudando a la muchacha. Ella y yo repasándola con nuestros labios, con nuestras manos. Ella y yo llevándola al orgasmo por primera vez. Yo besando el sexo de la muchacha y ella el mío. Ella besando el sexo de la muchacha y la muchacha el mío. La muchacha sobre ella y yo penetrando intermitentemente a una y a otra. Yo dejando correr mi semen por la boca de ambas…
-Qué linda tu mamá. A mí también me cayó muy muy bien.
Ella a mí también. Amabilísima. Su voz, dulce, de muchacha. Sus manos, suaves al tacto; tersa su mejilla.
-Dice que eres muy guapo y muy educado y muy culto y muy atento y muy todo.
Sobre todo, esos pechos apenas sugeridos, que se adivinan firmes aún. Dios, ¡esas piernas, esas nalgas!
-Yo le digo: no te fíes, las apariencias engañan. Jajaja. Es broma.
¡Ella y yo, Dios! Ella y yo solitos, desnudos. Ella desnudándome sin ninguna prisa, yo a ella. Ella besándome traviesa, lentamente. Empezando por mi cara, por mi boca, bajando por el pecho, llegando hasta el sexo y ahí enredándose.
-Con decirte que dijo, y esto créeme que no lo dice de cualquiera, que le gustas para mi hermana. ¿Cómo la ves?
¡Sí! ¡Las dos! ¡Las dos a la vez! Ella y yo desnudando a la muchacha. Ella y yo repasándola con nuestros labios, con nuestras manos. Ella y yo llevándola al orgasmo por primera vez. Yo besando el sexo de la muchacha y ella el mío. Ella besando el sexo de la muchacha y la muchacha el mío. La muchacha sobre ella y yo penetrando intermitentemente a una y a otra. Yo dejando correr mi semen por la boca de ambas…
-Qué linda tu mamá. A mí también me cayó muy muy bien.
Etiquetas: cuento, javier munguía, lado b
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