5 comentarios sábado 25 de abril de 2009


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que no hay unidad de la personalidad humana. Dice que esa es su obsesión. Dice que si le interesan tanto los disfraces es porque son formas de deshacer la unidad del ser humano, eso mito horrible que nos hemos inventando y del que no vale la pena siquiera hablar. Dice que la conciencia de la no-unidad causa horribles angustias y horribles dolores, pues significa la destrucción de patrones de vida y esquemas de comportamiento; significa también la necesidad de volver a construir mil cosas.
Todo eso dice Donoso y creo que lleva mucha razón. A la luz de sus palabras, hasta parece ingenuo haber pensado alguna vez que sólo somos un yo instalado en un cuerpo específico. Somos muchos yo yuxtapuestos, en pugna, al límite, desapareciendo, cayendo por el precipio pero de pronto escalando por una escarpada cumbre con el único fin de volver a perturbar a los otros yo que se quedan.
O escondidos en los sueños, sugeridos apenas, pero latentes, siempre ahí, allá, aquí.

4 comentarios domingo 23 de noviembre de 2008

"Recuerdo los dos o tres días siguientes como los más felices, los más vertidos hacia el exterior de toda mi vida: cuando el llamado de la vida misma es tan grande que uno se resume en sus acciones, en sus decisiones, y el ser interior, al cual uno generalmente está amarrado como un verdugo, pierde todo su poder, y uno es libre."




8 comentarios miércoles 8 de octubre de 2008

5 comentarios martes 23 de septiembre de 2008

Tantas cosas que uno se muere por contar y no puede, por prudencia o sensatez.

0 comentarios domingo 21 de septiembre de 2008

Se llama "La cita" y está incluida en el disco Los paraísos desiertos, publicado en el año 2000. Desde las primeras veces que escuché esa canción intuí la irremediable nostalgia que me haría padecer unos años después; saboreé, de hecho, anticipadamente esa nostalgia. Y sí: aquí está por fin, desplegada, con las piernas distantes una de otra.
No he escuchado otra canción que exprese de forma tan abierta y conmovedora, y a la vez sin afectación, el cariño por los amigos. Cada vez que la escucho recuerdo a mi grupo de amigos de la época en que estudiaba la licenciatura. A varios de esos amigos aún los conservo, pero distintas circunstancias y ocupaciones suelen separarnos, de modo que la convivencia no ha vuelto ser tan frecuente.
Esta canción, además, me remite a un tema que desde hace mucho tiempo me ha interesado especialmente: el de la pérdida. Día tras día y año tras año vamos perdiendo cosas: recuerdos, sobre todo. También etapas. De pronto, casi sin darnos cuenta, pasamos de un estadio a otro, y el anterior no es recuperable, por más que las fotos o canciones ayuden.
Quizá de ahí mi fascinación por la literatura: ella contiene mundos a los que podemos volver y recuperar completos y aun enriquecidos. Quizá de ahí mi empeño (flojo a ratos, entusiasta casi siempre) por la escritura.

3 comentarios domingo 31 de agosto de 2008


Recientemente leí Lo que Varguitas no dijo, libro de Julia Urquidi sobre su fallido matrimonio con Mario Vargas Llosa cuando este apenas era un jovenzuelo y no el poderoso y célebre escritor que muchos conocemos y admiramos. Este testimonio viene a completar de una manera vívida la historia que los lectores podemos seguir a través de la novela La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa, y de su libro de memorias El pez en el agua. Mario y Julia se casaron en 1955, cuando él tenía 19 años y ella 29, en contra de la opinión de su familia, que era la misma: Julia es hermana de la tía política de Mario.
Años después se fueron a vivir a París, luego de pasar una temporada en Madrid, donde Mario tenía una beca para estudiar su doctorado. Se separaron en 1964, cuando Mario, por carta, confesó a Julia estar enamorado de Patricia (prima hermana de Mario y sobrina carnal de Julia) y tener intenciones de casarse con ella.
En el libro, escrito en 1983, ciertamente afloran los resentimientos de Julia, el filudo cuchillo del despecho aun cuando habían pasado casi dos décadas de la separación. Aflora sobre todo el drama de un matrimonio perpetuamente en crisis: Julia era presa de terribles celos, Mario le daba razones para ello y terminó dejándola por su jovencísima prima, sin siquiera atreverse a darle la cara.
Pero de lo que quiero hablar hoy no es de eso. Sino de algo más que rezuma el libro: el amor por la literatura de Mario y la forma admirable en que Julia lo apoyó, sin importarle las privaciones que tuviera que pasar, para que se convirtiera en el escritor que hoy conocemos y muchos admiramos hasta la náusea.
Me resulta especialmente revelador un pasaje donde Julia y Mario van en la tercera clase de un barco rumbo a Madrid y ella le pide que cumpla su promesa: que empiece a tomar notas para la novela sobre el Leoncio Prado que escribirá (la terminaría unos cuatro años después y la publicaría bajo el título de La ciudad y los perros). ¿De modo que incluso Mario necesitó ese tipo de estímulos, de empujoncitos clave, para mimar su vocación?
También llamaron mi atención de forma especial esas veces en que Mario dice a Julia en sus cartas que quizá dejará de escribir para siempre. A la vez que esos pasajes, así como los momentos amargos que el matrimonio vivió, hacen a Mario más vulnerable ante los lectores, lo desnudan de algún modo, también lo vuelven más admirable: nos damos cuenta, por esos pocos pasajes, de cuántas dudas debió sobrellevar, cuántos tropiezos, cuántos retrocesos, cuánto desánimo, cuántas batallas contra sí mismo, para poder llegar a ser quien ahora es, para escribir esos bellos y ambiciosos libros que nos ha legado.